Ezequiel era parte del peor curso de esa escuela, a su vez, la escuela, es una de las más “peligrosas” de Fiorito. Ese 6to grado era insufrible, había cinco chicos (Ezequiel era uno de ellos), que hacían de cada clase un verdadero suplicio para mí y para los demás alumnos. Recuerdo bien sus nombres y sus caras, nunca las voy a olvidar, aunque ya no trabaje más con ellos. Muchas veces, al terminar la hora, estaba tan frustrada y furiosa que los odiaba en silencio, quería perderlos de vista para siempre. Pero Ezequiel un día hizo algo que cambió todo. Él siempre me contaba que después de la escuela salía a robar metales y herramientas y que su temor más grande era ser descubierto, porque cuando él se ponía nervioso, su presión sanguínea subía y le empezaba a salir mucha sangre de la nariz. Es que Ezequiel nació con alcohol en la sangre, ambos padres todavía son alcohólicos y violentos (el alcohol se podía oler en su ropa incluso). Mi manera de llegar a él fue prestarle mi cartuchera para que use todos mis cachivaches de maestra; recuerdo que le fascinaban las lapiceras de gel de colores, por ejemplo. Una tarde, mientras yo trataba de controlar el malón, él parecía muy entretenido con mi cartuchera, hasta que me dice: -Señorita, ¡se te rompió la cartuchera! Yo le respondí rápido que sí, que era una lástima, me gustaba mucho pero no sabía cómo arreglarla. Cuando volví a mirarlo, minutos más tarde, la había arreglado, incluso la había limpiado y todo adentro estaba perfectamente ordenado. Me miró con ojitos cómplices y ambos sonreímos. Ése gesto fue su manera de demostrarme cariño. No conocía otra. Pero ese día me dio todo. Fue mágico.