Esta vez escribo para contarles la historia de Miguel. Lo conocí hace ya tres años, juntando cartones y plástico en la esquina de mi casa. Siempre que podía lo observaba trabajar, y cuando llegaron los primeros fríos junté toda la ropa que me sobraba y así cruzamos nuestras primeras palabras.

Desde ese momento empezamos a saludarnos, en esa época venía con su hijo Gabriel, de unos doce años. Un día, hablé con Miguel mientras su hijo no estaba y le dije lo que pensaba: que Gabriel era muy chico para andar trabajando. Que él tenía que apoyarlo para que estudie y no falte a la escuela, que esa era la única manera de que Gabriel no le tomara el gusto a tener su propia plata y dejara de estudiar. Él me escuchó atento y asintió con la cabeza. No sé bien por qué fue, pero nunca más Gabriel vino a la esquina a trabajar.

Hace poco más de un año, charlando una tarde de mis alumnos y de su barrio nos dimos cuenta de algo gracioso: él vive a cinco cuadras de una de las escuelas de Fiorito donde yo estaba trabajando. Desde ese momento nos hicimos casi amigos, siempre charlando de ambos barrios y de nuestras cosas y son pocos los días que no nos saludamos, porque Miguel siempre; con frío, con lluvia, con calor agobiante está en mi esquina buscando el cartón y el plástico que le ayuden a mejorar su casa, a hacerla más confortable. Es por eso que les quiero presentar a Miguel. Porque merece ser reconocido, porque me cuida en Fiorito y porque trabaja honradamente.

Ayer le di mi cámara y le pedí que saque fotos de su casa, le dije que iba a escribir sobre él y que después le iba a imprimir este post, con sus comentarios también. Simplemente quería que supieran que en la esquina de mi casa trabaja mi amigo Miguel.