El viernes pasado, en una hora libre, bajé a la sala de maestros a fumar un cigarrillo. Oí una conversación en la secretaría; una mamá le pedía a la directora que permitiera a sus hijos comer en la escuela, dijo que no comían desde el miércoles. La directora los llevó a todos al comedor, y yo no pude con mi genio, apagué el cigarrillo y salí de la sala con la excusa de darles algunas cosas que había comprado previamente en un supermercado de puente La Noria.

Cuando llegué al comedor ví seis chiquitos comiendo desesperados, una de ellas era mi ex-alumna, Brisa.

Su mamá se mudó a Monte Grande hace poco, ya que su pareja, papá de algunos de sus hijos, los golpeaba a todos cuando se emborrachaba. Brisa y sus hermanos están flaquitos y tienen muchos problemas de aprendizaje. Ella me había dicho que iba a dejar la escuela, así que cuando la ví nos abrazamos fuerte y se sentó en mi falda, agarrándome fuerte con una mano y sosteniendo la cuchara con la otra. La mamá me contó que habían entrado a su nueva casa y les habían robado las pocas cosas que tenían. Contó toda la situación llorando; todos lloraban, pero de a poco se fueron calmando, se sentían a salvo, estaban en la escuela.

Volvieron los siete desde Monte Grande a pedir ayuda, a sentirse resguardados, a buscar consuelo. Me tranquiliza que mi escuela sea un refugio para ellos, pero a la vez me aterra reconocer que algunas veces, la escuela cuple una única función: es un lugar donde los chicos vienen a comer y a jugar, porque en sus casas no pueden hacerlo.

¿Cómo hago para exigirle a Brisa que estudie para la prueba si come cada dos días? ¿Cómo califico a Papu, que está totalmente deprimido porque el papá está preso?

Subí al aula y le conté a la maestra que Brisa estaba en el comedor. A ambas se nos llenaron los ojos de lágrimas, bajamos a despedirnos y Brisa me dio el número de celular de su mamá y me dijo: -“Seño, mandame un mensajito aunque sea, porque te extraño mucho”.

Cuando estaba en el colectivo volviendo a casa, pensé en estas vacaciones que ya se vienen y en las ganas que tengo de juntar a algunos de mis chiquitos y llevarlos a pasar el día conmigo a Temaiken. Quiero que aunque sea por un día no reciban malas noticias ni esten tristes. Quiero darles lo que me pidan ese rato; que descubran, que jueguen, que se diviertan mucho. Porque, créanme, no hay nada, nada que me haga más feliz que verlos contentos.