Los viernes son días difíciles para mí, me levanto a las 5am, tengo seis grupos distintos (o sea que siempre voy cargadísima con material para todos) y tomo siete colectivos en total, ya a esa altura de la semana no tengo monedas y tengo que pelearme y rogar para conseguirlas.

A las 3pm sólo me faltaba dar una hora de clases y tendría vacaciones. Eran mis alumnos de 4to. D, un grupo bastante complicado, sino el más problemático que tengo. Son chiquitos, sí, pero muy demandantes, es el grupo de Papu y Luz y de otros chicos en situaciones similares.

Este viernes estaban muy distraídos y molestos. Se paraban, se gritaban entre ellos, se quejaban porque yo no escuchaba a todos por igual y uno de ellos lastimó a otro en la mano con un lápiz. Yo trataba de solucionar cada problema, pero mientras lo hacía, escuchaba lo siguiente:

-¡Señooooooo! ¡Matías me pegó!

-¡Señoooo, ¡Camila me dijo paraguaya muerta de hambre!

-Señoooooo, ¿puedo borrar el pizarrón?

-Señoooooo, ¡escuchaaaaaaame señooooooooo, te estoy hablaaaaandooo! (tironeando de mi delantal)

Creo que fueron demasiados “Seño, Seño” y yo perdí la paciencia. Les grité y se quedaron todos callados, volvieron a sus lugares y escucharon mi sermón muy atentos. Cuando sonó el timbre del recreo les dije que salieran sin formar y no los saludé a cada uno con un beso (como siempre hago).

Disgustada, me fui a la dirección a firmar y a organizar el tema del día del niño y cuando salí pasé por el patio y me encontré con el desastre mayor; todos mis alumnos estaban llorando.

En general, cuando un alumno se larga a llorar es probable que otro también lo haga y hay que tratar de calmarlos porque si no, en menos de tres minutos llora la mitad del curso.

Cuando me vieron, dos alumnas se acercaron y me dijeron:

-¡No queríiiiiiamos que te enojaras, seño! ¡Perdonaaanos! (llorando)

Y ahí ví que venían todos a abrazarme o a buscar un pedacito de mí para agarrarse y me sentí muy mal. Son chicos que lloran en general, no piensen en los chicos de esa edad que conocen porque no son así. Ni son tan despiertos ni tan independientes ni hacen las preguntas inteligentes que puede hacer un chico de 4to. grado que fue estimulado correctamente desde su nacimiento. Ellos son especiales, y en la escuela, donde encuentran contención y apoyo, descargan todo lo que no pueden descargar en casa, ya sea porque tienen que estar al cuidado de hermanos menores o porque pasan solos todo el día. Son chicos de diez años que se comportan como si tuviesen siete u ocho.

Me senté en un escalón con ellos y hablamos unos minutos. Les dije que los quería y los iba a extrañar y de a poco todos fueron calmándose, los más grandes consolaban a los débiles como Papu o Luz, que todavía seguían llorando.

Al final nos despedimos y se quedaron del otro lado de la reja saludándome hasta que me perdieron de vista. Y yo me fui pensando en que me encantaría tener menos cursos para poder enfocarme más en cada uno y no estar tan agotada un viernes por la tarde.

Todavía me sorprende lo que podemos generar como docentes a estos chicos; hacerlos reirse a carcajadas o llorar sin consuelo.