Apenas entré al aula, Sandra me dijo que Brenda tenía algo muy, muy feo para contarme. Esperé al recreo y hablamos en un salón vacío. La noche anterior había intentado suicidarse.

Los que conocemos a Brenda sabemos que es común que hable de la muerte, casi siempre cuenta anécdotas sobre dos de sus hermanitos fallecidos, uno de ellos murió el enero pasado. Otros miembros de su familia están presos, su papá es policía.

Hace unos días, Brenda estaba en su casa con su hermana de 32 años, quien después de llorar un rato largo, tomó el arma de su papá y se disparó en la sien (delante de Brenda). Ella llamó a su mamá y juntas fueron al hospital. Todavía está en coma.

Anoche Brenda intentó hacer lo mismo que su hermana,  por suerte su papá llegó y le quitó el arma tiempo. Cuando le pregunté la razón que la había llevado a eso me dijo: -Mi vida es muy triste seño, quiero irme con mis hermanitos.

Hablamos un rato largo, lloramos y terminamos riendo. Le pedí que me llame cuando esté triste, antes de hacer cualquier locura o cuando se sienta sola. Nos abrazamos fuerte y la acompañé a su salón.

¿Cómo se puede seguir el día con este sabor amargo de saber que una chiquita de nueve años no quiere vivir más? Este fue un golpe bajo entre todos los que recibimos diariamente los docentes que trabajamos con estos chicos con carita de nenes y problemas de adultos.