Este que pasó fue el cuarto lunes en la ESB de Barrio Olimpo. Quería conocer el barrio aunque me habían dicho que era peligroso; todos los barrios son peligrosos para los demás.

Para que entiendan lo que pasó el lunes pasado tengo que contarles con qué me encontré ese primer lunes en la ESB de Barrio Olimpo. Me bajé del 32 pasando la estación Turner, una parada después del arroyo. Pregunté a una vecina por dónde podía llegar a la escuela y me indicó que debía meterme por el mejorado unas siete cuadras para adentro. Casi no podía verla porque tenía los ojos entrcerrados; la tierra que vuela en Olimpo dificulta mantenerlos abiertos, aunque los que viven allí están acostumbrados. Seguí mi camino observando cada casa muy detenidamente; haciendo conjeturas e imaginando qué hace cada familia para subsistir, si los hijos trabajan, si van a la escuela. No tenía miedo, en general camino tranquila cuando uso guardapolvo.

Cuando llegué a la escuela la directora me saludó y me advirtió que mis alumnos de noveno eran un tanto particulares. Que cualquier inconveniente que tuviera en clase le avisara.

Pensé en mis peores alumnos de Fiorito y sonreí. Cuando entré me dí cuenta de que no sería tan fácil.

Dos de los alumnos que conozco (porque son los que llaman mi atención) viven abajo de un puente. El lunes pasado me contaron su historia. Dijeron que desde los 13 viven en una casilla improvisada en un lugar estratégico donde pueden asaltar camiones y colectivos. Usan baterías de camiones o autos para obtener electricidad y cuando ya no les sirven las venden como chatarra a 35 pesos cada una. Uno de ellos, Juan, me dijo que una chica lo estaba acusando de no hacerse cargo de su hijo, que ya tiene dos meses. Según mi alumno, la chica tuvo sexo con muchos otros y él no sabe si el bebé es su hijo o no, por tanto, se puede morir de hambre, no lo va a ayudar.

Tragué saliva y seguí escuchando. Ellos querían contarme su historia y sentí que debía dejarlos hablar sin interferir. Me contaron las técnicas que utilizan para robar y dijeron que cuando le roban a un boliviano no hay piedad: lo golpean siempre. La lucha por las tierras en Olimpo es tal que aviva las diferencias entre bolivianos y argentinos, se matan sin pensarlo dos veces.

Cuando parecía que ya habían contado todo, uno de los dos me dijo que el día más difícil de su vida había sido cinco años atras, cuando tenía doce y tuvo que matar a un policía.

Le pedí que me contara lo que había pasado y me dijo que estaba con unos amigos sentado al costado del asfalto cuando vieron que un patrullero les hacía luces. Cuando estuvo demasiado cerca tuvieron que actuar, estaban armados, no podían permitir que los agarraran así. Empezaron a disparar hasta que el policía ya no se movió más. Le pregunté qué sintió al verlo muerto y me dijo:

- Fue feo. Me acerqué y lo vi ahí todo sin vida. Me quedé duro unos segundos pero después empecé a correr. Ya sabía que me tenía que esconder un mes, por lo menos.

No supe cómo reaccionar. La situación me superó por completo, pero permanecí tranquila, como si me hubiesen contado una película. Mientras trabajaban yo pensaba en todos los comentarios que había oído acerca de Olimpo. Lo que había leído en los diaros.

Juan se acercó a mí y me preguntó si podía trabajar desde mi escritorio. Le dije que sí. Fue el primero que terminó los ejercicios. Es el mejor alumno en mi materia, no tiene errores.

Mientras le corregía vi las manchas en su piel, las manos lastimadas. le pregunté:

-Entonces yo también estoy en peligro acá en el barrio.

-No. A usted la podremos llegar a insultar, pero no le va a pasar nada, quédese tranquila.