El viernes pasado corría de una escuela a la otra cuando llegué a la parada del colectivo y vi un perro manchado de sangre. Inmediatamente miré para otro lado, algunos dirán que soy mala, pero en los barrios donde trabajo se ven animales en mal estado todo el tiempo, no se puede ayudar a todos.

El colectivo no venía. Volví a mirar al perro, que estaba sentado y quietito y él a su vez me miró a mí. Ahí me di cuenta que tenía la cabeza abierta. Intuyo que le habían dado un machetazo justo arriba de los ojos, el tajo medía como quince centímetros. El perro me miraba y miraba al piso, las gotas de sangre corrían por su hocico. Yo estaba horrorizada. La herida era enorme, se podía ver el hueso. No sabía qué hacer, hasta que así de la nada vi a lo lejos a una compañera de trabajo, la llamé desesperada y vino corriendo. A ella también la superó la situación. El perro estaba tranquilo, intacto de no ser por esa herida horrible y profunda. Entramos a la ferretería y nos dijeron que lo habían encontrado así unas cuatro horas atrás. Que habían llamado al antirrábico de Lomas de Zamora pero que no se querían hacer cargo.

Preguntamos dónde había una veterinaria y nos fuimos, dejando al perro con una señora que se había acercado. Cuando llegamos, uno de los veterinarios estaba sentado tomando mate. Le contamos lo que pasaba y le pedimos que nos acompañara a ver al perro, que le pagábamos lo que pidiera si lo sacrificaba. Nos dijo que no, que teníamos que llevarlo hasta la veterinaria. Nosotras le explicamos que era imposible cargarlo en un remís, que nadie iba a querer subirlo a un auto y que incluso intentarlo podía ser peligroso para nosotras. No había caso. Le ofrecimos pagarle más, lo que él pidiera, y dijo que no. Indignadas, lo insultamos un poco y salimos. Mi amiga se fue a tomar un remís y yo, con toda la tristeza y el miedo que me había producido esa escena tan violenta, volví.

Cuando llegué el perro no estaba. Entré a la ferretería y el dueño me dijo que al ver que no volvíamos, la señora que habíamos dejado con el perro comenzó a acariciarlo. Como el perro se dejó, lo alzó y se lo llevó caminando a la veterinaria.

Yo me quedé atónita. Esa mujer había decidido cargar un perro grande y pesado en las condiciones en las que estaba unas cinco cuadras. Me sentí tranquila, por lo menos el perro había recibido ayuda. Ya estaba llegando tarde a la escuela, así que decidí tomarme el colectivo y no ir hasta la veterinaria a ver qué había pasado. Ahora me arrepiento de no haberle agradecido a esa mujer.

No iba a contar esta historia, pero esa mujer me recordó a mi amiga virtual Alejandra, que levantó un cachorrito muy lastimado de la calle y ahora, ya recuperado, necesita un hogar. Si alguno de ustedes conoce a alguien que lo quiera, contáctense conmigo a labonaerense@gmail.com

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