“Si no los quieren educar por caridad, al menos háganlo por miedo.” Domingo Sarmiento.

- “Noviembre y diciembre son los meses más peligrosos en esta zona”

Eso dijo un oficial de la bonaerense el viernes pasado en una de mis escuelas, un rato después de que a una alumna se la llevaran al hospital con un tiro en la pierna.

Y siento que es así. Estos días ando con miedo por las calles que antes transitaba tan tranquilamente, y ese miedo se debe a que, por primera vez en mi vida, me apuntaron con un arma durante tres interminables segundos.

El viernes salía de una escuela hacia la parada del 32 que me lleva a la siguiente, la cuarta escuela del día. Caminaba rápido porque no llegaba a tiempo, una vez en la parada, sólo dejé de leer el libro de Freire para mirar al hombre que pintaba la iglesia a pocos metros de distancia, al tipo de enfrente que tomaba mate en la reposera y a la adolescente que venía con su hijito caminando en la otra cuadra.

Unos segundos después, dos pibes me estaban robando.

No voy a contarles lo que me robaron ni lo que le dije a uno de ellos para que me apuntara con el arma. Lo que sé es que en ese momento sentí por primera vez en 25 años que podía morirme en ese instante. Luego de robarme se fueron caminando, cuando estuvieron a una distancia prudente, el pintor se acercó para preguntarme cómo estaba y me pidió disculpas por no intervenir.

“Los pibes son del barrio, ya los conocemos y sabemos que andan armados, por eso no me metí. Vos estabas muy entregada”, me dijo.

Y tenía razón. No los vi venir, me preocupaba más el libro y me tranquilizó el hecho de ver gente en la calle.

Me tomé el colectivo llorando, por unos minutos tuve pensamientos horribles sobre esos chicos. Fui doña Rosa por un rato, hasta que me bajé del bondi, llegué a la otra escuela y mis alumnitos me consolaron.

Ahí mismo, en la escuela de Budge, vimos que a tres metros de la reja unos pibes se estaban pasando armas. Según lo que escuché se iban a agarrar dos banditas esa misma noche.

No pude descansar mucho, tomé un poco de agua, charlé con las maestras que me consolaron y seguí mi rutina de siempre. Cuando se hizo la hora, partí a la última escuela del día, a eso de las seis de la tarde. Cuando llegué, me contaron que recién habían llevado a una alumna al hospital, le habían disparado desde un carro porque se resistió a entregar un celular, a media cuadra de la entrada de la escuela.

Yo ya no podía hablar. Di mi clase como pude hasta las nueve y media, cuando un profesor me llevó hasta mi casa. En el viaje habló de robos, muertes. Contó que estaba triste porque se enteró que para poner vidrios en una escuela del barrio, el presupuesto era de setenta mil pesos. Setenta mil. Imaginen una escuela precaria y chica.

Llegué a mi casa muda. Ni siquiera quise hablar por teléfono con nadie, ese día no tenía fuerzas ni para comer.

El lunes, tiroteo en el campito tomado, a dos cuadras de una de mis escuelas. Murió un hombre y otros resultaron heridos. Ayer nos pidieron que nos fuéramos de la escuela porque se estaba complicando la situación en Camino Negro.

Sandra me dijo: “Seño, andate. Si te matan a vos, ¿qué va a ser de nosotros?”