Ya había escuchado de esas horas unas ocho veces, nadie las quería. Era mi oportunidad para empezar con adultos y no tenía ganas de desaprovecharla.
Tomé horas en la Media 224 de Ingeniero Budge. Todas mis compañeras y amigas me dijeron que estaba loca: es peligroso andar por esa zona cuando baja el sol. Pero como soy loca y pobre acepté igual.
Los vecinos se ofrecieron a ayudar y el viernes pasado (mi primer día) me presentaron a la secretaria con quien caminé hacia la escuela mientras me contaba acerca de los pibes y del barrio luego de las cinco de la tarde.
Cuando llegué tomé unos mates, leí un poco y me dispuse a revisar las listas. Siempre reviso los registros para enterarme la edad de mis alumnos, si son repetidores o lo fueron, si los padres tienen trabajo, dónde viven, etc. Así me enteré que no tienen inglés desde mayo (por falta de profesor) y que la mayoría de mis nuevos alumnos son menores que yo.
Llegó la hora. Entré al aula, me presenté, traté de ser dinámica, interesante, graciosa, simpática (pero no tanto), no sé. Traté de desenvolverme naturalmente en ese ambiente nuevo. Cuando sonó el tiembre del recreo me invitaron a tomar mate con galletitas. Uno de ellos me contó que quería tomar clases particulares porque en su trabajo le pidieron que aprenda lo básico y este año no había logrado entender nada. Lo vi tan entusiasmado que le ofrecí que viniese antes a la escuela en su día franco, que yo podía darle clases en ese tiempo libre que tengo hasta las seis y media. Le dije que no le cobraría, al contrario, que me gustaba la idea de utilizar ese tiempo en algo productivo. Dijo que sí con una sonrisa.
Los hijos de otra de mis alumnas se acercaron y me dieron un regalito. Al parecer, el curso me había aceptado.
Cuando se hizo la hora de conocer a 1ero. A, yo ya estaba más relajada. Con ellos todo se dio más fácil aún. Planeamos cómo serían las clases, les propuse que participaran en la planificación, les dije que estaba abierta a escuchar sus ideas.
Cuando sonó el timbre les pregunté si era peligroso esperar el 32 en la parada, pero Irma, una de mis alumnas, se ofreció a acompañarme.
Cuando me subí al bondi me alegré de que nadie estuviera a mi lado: estaba tan feliz con la experiencia, con mi trabajo a lo largo del año, con el hecho de haber elegido esta profesión y ejercerla en el sur (que amo tanto) que podría haber sonado empalagosa.
No hay mucho más. Quería contarles que los miércoles y viernes llego más tarde a mi casa y que no me quejo.