Los docentes que dicen que no tienen un alumno preferido están mintiendo. Tenemos que decir eso cuando los chicos nos preguntan, pero en el fondo sabemos que hay uno o dos alumnos que nos llegan más que el resto. En mi caso, este año mi alumna favorita es Romina y mi alumno favorito es Ricardo. Ambos son de 4to. grado.

La semana pasada Ricardo estaba triste. Él es siempre muy dulce y tranquilo, nunca lo había visto inquieto, ese día salió del aula sin permiso y lo reté. Le dije que se quedara afuera. Cuando salí a mirarlo lo vi llorar. A los dos minutos sonó el timbre del recreo y los demás salieron, les pedí a todos que me dejaran sola con Papu (así le dicen). Miraba por la ventana y no paraba de llorar, en silencio y con lágrimas pesadas, las dejaba correr, no le molestaban. Yo traté de calmarlo y no pude. Le hablé, le pedí que me contara por qué lloraba, estuve todo el recreo y los veinte minutos de comedor tratando de calmarlo. Me sentí impotente y torpe, lo llevé a gabinete. Ahí se quedó, y yo tuve que volver con el grupo, pero me sentía mal. No sabía por qué estaba así y me dolía eso, pero más me dolía el hecho de que no pude calmarlo, me sentía culpable por haberlo retado. Al rato vi a Papu desde una ventana jugando con la maestra integradora. Ya estaba mejor, pero yo seguía amargada.

La clase siguiente hablé con su maestra y ella me contó que a Papu lo operaron hace poco. Su papá desaparece cada tanto, pero Papu esperaba verlo en el hospital. Lo esperó varios días, le costó recuperarse, pero su papá nunca llegó y eso lo dejó triste.

Unos minutos después lo vi jugando en el recreo. Nos miramos y me acerqué de a poquito, con miedo. Le conté que me había dejado preocupada, le pregunté si estaba mejor. No me respondió, pero me abrazó fuerte, muy fuerte, como cuando uno abraza a alguien que quiere mucho. En ese instante pensé que todo tenía sentido: los viajes en colectivo, la voz afónica, la inseguridad, el cansancio. Ese día me sentí muy afortunada de ser parte de la vida de todos mis alumnos.

Hoy me encontré este gatito en la parada del 188 en Villa Albertina. Escuché sus gritos y traté de no hacerme cargo, como lo hago cada vez que veo un perro muerto de hambre o de frío. Trato de no mirar, veo al pasar pero no me detengo porque son tantos que sería imposible salvarlos a todos. No voy a especificar en qué condiciones encontré a Ernesto porque sonaría morboso, pero créanme que la escena era horrible. La cuestión es que ahora está en casa, ya lo llevé a la veterinaria y me dijo que tiene menos de veinte días. Mi novio (Mr. Grouch, from now on) casi me mata. Él dice que es el orden de la naturaleza, que no sufren, que humanizo a los animales, que lo tendría que haber dejado donde estaba. Yo entiendo que hay muchos gatos y perros abandonados pero no sé por qué no me contuve con este y me lo traje. Mr. Grouch dice que soy una ridícula. ¿Ustedes qué opinan?

BTW, no me voy a quedar con Ernesto, si saben de alguien que lo quiera, avisen. :)

Esta vez escribo para contarles la historia de Miguel. Lo conocí hace ya tres años, juntando cartones y plástico en la esquina de mi casa. Siempre que podía lo observaba trabajar, y cuando llegaron los primeros fríos junté toda la ropa que me sobraba y así cruzamos nuestras primeras palabras.

Desde ese momento empezamos a saludarnos, en esa época venía con su hijo Gabriel, de unos doce años. Un día, hablé con Miguel mientras su hijo no estaba y le dije lo que pensaba: que Gabriel era muy chico para andar trabajando. Que él tenía que apoyarlo para que estudie y no falte a la escuela, que esa era la única manera de que Gabriel no le tomara el gusto a tener su propia plata y dejara de estudiar. Él me escuchó atento y asintió con la cabeza. No sé bien por qué fue, pero nunca más Gabriel vino a la esquina a trabajar.

Hace poco más de un año, charlando una tarde de mis alumnos y de su barrio nos dimos cuenta de algo gracioso: él vive a cinco cuadras de una de las escuelas de Fiorito donde yo estaba trabajando. Desde ese momento nos hicimos casi amigos, siempre charlando de ambos barrios y de nuestras cosas y son pocos los días que no nos saludamos, porque Miguel siempre; con frío, con lluvia, con calor agobiante está en mi esquina buscando el cartón y el plástico que le ayuden a mejorar su casa, a hacerla más confortable. Es por eso que les quiero presentar a Miguel. Porque merece ser reconocido, porque me cuida en Fiorito y porque trabaja honradamente.

Ayer le di mi cámara y le pedí que saque fotos de su casa, le dije que iba a escribir sobre él y que después le iba a imprimir este post, con sus comentarios también. Simplemente quería que supieran que en la esquina de mi casa trabaja mi amigo Miguel.

Tengo buenas noticias para compartir con los lectores: en menos de un mes, muchas personas me han escrito a labonaerense@gmail.com para ofrecer ropa, juguetes, y hasta una silla de ruedas! Ya contesté sus mails y la primera donación llegó a mi casa el sábado; cuatro bolsas gigantes llenas de ropa que Agui donó muy gentilmente. Ya mañana empiezo a llevarla y sé que beneficiará a varias familias, así que imaginen mi alegría. Quiero agradecer especialmente a Agui por su ayuda (ya le mandaré fotos de las personas que recibieron la ropa) y a todos los que se ofrecieron para ayudar a mis alumnos. Todavía estoy en trámites para que el estado done la silla, no me parece justo aceptar la donación sin antes intentar por otro lado. Estoy muy contenta de que este blog sirva para que las personas conozcan algo de lo que pasa en las escuelas en las que trabajo y más de que quieran participar activamente del cambio. Desde ya les digo que no acepto dinero, pero todo lo demás sí. :)

Muchas gracias a todos mis lectores.

PD: Ahora sí que Juan Cinza tiene razón: me puse recursi. Sepan disculpar.

La gilada va a festejar el 25 de mayo acá o acá. No sé qué harán ustedes, yo me voy con el padre Pío que “la rompe” en Pompeya con su guante loco.

Guante mágico

Ya lo decía Karl Marx…

Como les conté unos posts atrás trato de evitar la sala de maestros. Es insalubre por varios motivos: no se puede respirar por el humo, te chocás con bolsas llenas de cachivaches, están a los gritos haciendo cuentas para saber cuánto falta para el próximo feriado, te enchufan el librito de avón, te piden que les cebes mate, te critican por no ser gorda y siempre, siempre hay dulce de membrillo pegoteado en la mesa.

No son todas iguales. Hay varios tipos de docentes, pero las que se juntan en la sala de maestros son dos: Las madres de 8 pibes y las trash.

Características principales:

Las madres de 8 pibes Las Trash
Tienen más de 3 hijos y una se llama “Brisa” No tienen hijos
Hablan bien de sus maridos (prefesores) Hablan mal de sus novios de turno (remiseros)
Sus maridos cortan el pasto los domingos y van a la casa de la suegra a comer asado Sus novios las llevan en el auto a aeroparque a tomar mate
Hicieron la casa atrás de lo de la madre/suegra Alquila depto trash y “novio de turno” vive de arriba
Se jactan de alquilar un depto en la costa Le bancan las vacaciones al novio de turno (van al norte)
Venden Avon o similar Compran Avon o similar
Ceban mate Nunca ceban mate
No fuman Fuman 40 cigarrillos por día
Se tiñen de rubio platinado (y dicen que de chiquitas eran rubias) Se tiñen con Issue rojo fuego
Usan ropa grande Usan ropa de Scombro (lo juro)
Tratan a sus alumnos como si fuesen pelotudos Ignoran a sus alumnos
Chupamedias de los directivos Sólo piensan en levantarse al profe de educación física
Comen bizcochitos de grasa don satur a morir Comen bizcochitos de grasa don satur a morir



No hay otra. Si bien son distintas, el amor a la grasa de los bizcochitos Don Satur las une. El mate y los bizcochos son testigos de los planes para hacer paro los viernes o lunes, de la crítica a las docentes que planificamos las clases o la venta de conjuntos “Marcela Koury” o “Selú”.

Romi y su muñecaHoy llegué cansada a mi casa. Dos de mis alumnos de Budge se pelearon por unas pocas bolitas. Porque en la escuela donde trabajo las bolitas cotizan alto, y en el caso de las chicas se entretienen jugando al elástico. Los juguetes que tienen son viejos y están sucios, fueron de otros chicos antes de llegar a sus manos.

Unas semanas atrás, Romina me esperó en la puerta de entrada para mostrarme una muñeca que había encontrado revolviendo la basura. La lavó, la peinó y su mamá le hizo un vestidito sencillo. Ella estaba feliz. Recordé que para una navidad recibí una muñeca parecida y estuve de mal humor todo el día, porque quería una Barbie. Ella me preguntó si me parecía linda y le dije que era la muñeca más hermosa que había visto en mucho tiempo.

Cuando estaba saliendo de la escuela siento que gritan mi nombre, era Romi, venía corriendo con su muñeca en brazos. Cuando le pregunté qué quería me dijo: “Seño, si a vos te gustó tanto te la regalo”

Tuve que disimular, los ojos se me llenaron de lágrimas. Le dije que no, que gracias, era su muñeca desde el momento que la rescató de la basura, así que era justo que ella se la quede.

Esa tarde fui al cumpleaños de la hija de un amigo de mi novio. Entré a su habitación y era todo lo que un chico puede desear: disfraces, decenas de barbies, accesorios, libros, juegos de mesa; era el cuarto perfecto. Pensé en Romina y me dieron ganas de llenarla de juguetes. Después pensé en todos mis otros alumnos. Y me dí cuenta de que no es tan fácil.

Me gusta leer en el colectivo. Como voy al revés de los demás (cuando todos vienen a capital, yo voy a provincia) siempre viajo sentada. Hoy leía un libro nuevo: Violencia y escuela, y pensaba en los episodios que tuve que denunciar el año pasado (ya les contaré), sobre todo uno muy grave, que llegó de improviso y no me sentí preparada para afrontarlo.

Pienso también que en los profesorados nos enseñan a evitar el contacto físico con los chicos. No debemos abrazarlos. Apenas un beso frío, para que no haya peligro de que un padre nos denuncie, o que el chico se encariñe demasiado con nosotros. Pero eso no lo puedo cumplir. Mis alumnos buscan contensión, afecto, abrazos. Yo no puedo negárselos. Ellos se sienten más cómodos conmigo para contarme luego lo que les pasa, porque algunas veces es terrible, y eligen la persona más cercana en el ámbito escolar. Les quiero transcribir un párrafo que me gustó del libro:

…”Según varios estudios en la materia, gran parte de los adultos que en su infancia crecieron en hogares violentos no repitieron ese modelo con sus hijos y pudieron consolidar familias unidas por lazos de afecto y buen trato. Cabe preguntarse cómo pudieron crear un nuevo modelo. Sus historias tienen un elemento en común: la presencia de un adulto confiable que los cuidó, creyó en ellos, les dio apoyo en situaciones de extrema necesidad, los protegió y les mostró que existe otra forma de amor y cuidado. Tal vez fue de uno de sus padres, quizá su abuelo o, por qué no, su maestro.” [1]

Entonces; por más que nuestro trabajo como docentes no sea ser madres, tías o abuelas, la escuela de hoy nos impone la tarea de abarcar las necesidades de nuestros alumnos. Podemos estar en contra: la escuela de hoy es para muchos sólo comedor cuando no debiera ser así, podemos quejarnos: nos desgasta, nuestro trabajo no es debidamente remunerado, podemos rendirnos y pulular por la escuela desganados, quejándonos de nuestra profesión. Lo que sé es que nadie nos obliga a ejercer la docencia.

Creo que esto tiene que ver con el sentido de compromiso. Como dijo Freire: “El compromiso sería una palabra hueca, una abstracción, si no involucra la decisión lúcida y profunda de quien lo asume. Si no se diera en el marco de lo concreto

Yo, por ahora, me siento con ganas de seguir aprendiendo y disfrutando de esta profesión. Pero el día que deje de hacerlo, sin duda alguna, voy a cambiar de trabajo.

[1] “Violencia y escuela” Averbuj, Bozzalla, Marina, Tarantino, Zaritsky (comp.). Editorial Aique. Año 2005.

En la escuela de Fiorito:

Alumna inquieta:

Seño, meiaigoutudebatrum? (¿Puedo ir al baño?)

Yo:

No, esperá al recreo, hace cinco minutos que empezó la hora! (en inglés)

Alumna inquieta:

Es que necesito goutudebatrum, seño!

Yo (con cara de “todas dicen lo mismo, no nací ayer”):

No, ahora copiá y después vas.

A los pocos minutos se acerca al pizarrón y me da este papel:

Yo:

OK, go.

No hablo de ella. Esta Luz es otra alumna de mis escuelas de Budge. También de 4to. grado.
A principio del año, cuando me enteré con qué grupos iba a trabajar, les pregunté a las maestras el background de cada chico y tomé nota. Este año ya sé todo de todos desde marzo. Por eso me enloquecía saber que Luz vivía con su abuelo, que tiene antecedentes por violación. Luz venía sucia, despeinada, descuidada y sin útiles. Me contó que su mamá la había abandonado para irse a Misiones con su bebé y su nueva pareja. Que a ella la dejaron atrás. Yo pregunté qué se podía hacer. Lo cierto es que ya se estaba haciendo, la escuela buscó al papá de Luz y se iniciaron los trámites para que se la lleve a vivir con él. Ahora, dos meses después, Luz es otra. Su nueva familia la cuida mucho, la novia de su papá le hace los peinados que a ella le gustan y nunca deja de ir a buscarla a la salida, aunque ella sabe volver sola. Conocí a su papá y lo ví contento con su nuevo rol. No sé. Los tres parecen felices. Y Luz tiene otra mirada desde que tiene a su papá y a su “nueva mamá”.

Es raro, cuando una ve tantas cosas feas por día tiende a descreer de las buenas noticias. Solo espero que Luz tenga un hogar hasta que ella decida formar el suyo.

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