Hoy es el día que comienzan mis vacaciones. Tengo mucho que organizar todavía, pero estoy tranquila porque hice muchas cosas durante el año, conocí gente que me ayudó a mí y a mis alumnos.

Hace un rato sonó el teléfono en casa: era Sandra.

Hablamos un rato y nos pusimos al día, me dijo que extraña la escuela, que me extraña a mí. Prometí ir la semana que viene a visitarla.

Un rato después recibí dos llamados más: uno de Romi y otro de Mica. Me puse contenta.

Qué bueno es amar lo que uno hace, mucho mejor si las personas con las que trabajamos nos recuerdan con cariño y nos extrañan. Me alegra saber que cuento con mis alumnos y que conté todo el año con ustedes, que me contuvieron, colaboraron y se interesaron por las historias que tenía para contar.

Hicimos mucho este año, ustedes hicieron mucho, yo sólo fui un medio para que las donaciones llegaran a destino.

Quiero dejarles las fotos de la fiesta de fin de año que hicimos con dos cursos un día de paro. Tuvimos la escuela para nosotros; decoramos el salón entre todos, servimos la mesa, comimos juntos y nos dimos regalos (gracias, Spectatrice). Se nota en las fotos que nos divertimos mucho.

Ahora que estoy tranquila, sin exámenes ni trabajo, voy a contestar los mails que debo y a organizar las visitas para entregar lo que falta.

Antes de irme, les dejo la letra de la canción que eligieron los chicos para cantar en la despedida, con la ayuda de sus papás. ¡Feliz año nuevo para todos!

Rosarito Vera, maestra

¡Bienhaiga! niña Rosario
todos los hijos que tiene,
¡millones de argentinitos
vestidos como de nieve!

Con manos sucias de tiza
siembras semillas de letras
y crecen abecedarios
en tu corazón maestra

Yo sé los sueños que sueñas
Rosarito Vera, tu vocación,
pide una ronda de blancos delantales
frente al misterio del pizarrón

Tu oficio, qué lindo oficio,
magia del pueblo en las aulas,
milagro de alfarería
sonrisa de la mañana

Palotes, sumas y restas
tus armas son, maestrita,
ganando mansas batallas,
ganándolas día a día

Mi día de cumpleaños empezó bien. Mis alumnos celebraron conmigo y mis compañeros de trabajo también.

A la tarde recibí una noticia que no me esperaba, un golpe bajo. No pude celebrar como yo quería.

Ayer me fui cargada a la escuela, llevé muchas donaciones para una familia nueva que conocí y que necesita mucho. Como tenía mesa de examen no pude ir al acto de mis alumnos, no pude despedirme de Sandra, ni de Luz, ni de David o Brenda. Ya los iré a visitar en el verano.

Cuando mis alumnos terminaron de rendir, yo todavía me sentía triste. Me quise dar un gusto: fui a visitar a Sandra.

Cuando me vio, vino corriendo a abrazarme. Le dije que quería que fuéramos al kiosco, que quería hacerle un regalo.

Fuimos como tantas otras veces después de clases, a comprar figuritas y helado. Ésta vez le dije: ¿qué querés que te compre?

Me dijo: (anti-cursis abstenerse) - No sé, sólo quiero una foto tuya.

Después de insistir un buen rato, elegimos un perfume y dos juegos que le gustaron.

La dejé en su casa y prometí volver a visitarla. De ahí me fui a Budge a trabajar y a esperar a la familia a la que le había prometido las cosas. Cuando les di todo, la señora me abrazó fuerte y me agradeció. Me dio un teléfono para seguir en contacto. Todavía, gracias a muchos de ustedes, tengo mucho para donar.

Volví a mi casa cansada, pero feliz. Algunos somos privilegiados y podemos gambetear la tristeza con poco.

Todo Ingeniero Budge conoce a “Los cotorras”, todos les tenemos miedo.

Son una familia famosa por los robos y asesinatos. La mitad de ellos roba, los demás están en la cárcel o muertos.

Yo tengo dos alumnos que pertencen a esa familia: Jonás y Abraham.

Jonás es rebelde y caprichoso, no presta atención y nos hace la vida imposible, mientras que su hermano es tranquilo y tiene muy buenas notas, es más inocente.

Hace una semana, Jonás apareció en la escuela con zapatillas nuevas y ropa de marca. Cuando le pregunté cómo estaba me contestó que estaba muy contento, su hermano mayor le había dado mucha plata. Me dijo:

-¿Sabés qué, seño? Mi hermano revolviendo la basura en Capital se encontró cuarenta mil pesos.

Todos sus compañeros se quedaron atónitos, antes de que alguno dijera algo que le molestara, intervine:

-Qué suerte! ¿Y qué hizo con tanta plata?

-Y… le compró cosas a sus hijos y me dio dos mil pesos a mí.

-¿Y qué vas a hacer con esos dos mil?

- Ya hice. Mil se los di a mi mamá para que compre la comida, y con los otros mil me compré ropa y salí con mis amigos a los juegos, a Mc Donalds, les compré lo que querían…

Traté de cambiar de tema rápido, no me pareció prudente seguir preguntando.

Más tarde, cuando comentaba el tema con su maestra de grado me contó que el hermano mayor que queda vivo tiene veinte años, pero que no se sabe si va a vivir mucho tiempo más, esa familia vive al límite. Son famosos por matar gente desde arriba del carro.

Hablamos sobre Abraham, le dije que me daba mucha pena que cayera en lo mismo, que perdiera la inocencia que todavía se nota que tiene. Gladys me dijo algo que me dio mucha bronca y tristeza:

-Él va a caer preso, lo van a llevar a robar, es típico. El barrio está lleno de pibes que no tienen la misma viveza de los demás y son lo suficientemente influenciables para participar y quedar pegados después. Los Cotorras que están presos son los que tienen la misma personalidad que Abraham.

Cuando salí del aula me lo encontré a Abraham, que vino corriendo a darme un dibujo que había hecho para mí. Me dijo: -¿Sabés seño que me fue bien en todas las materias? Y como no tengo que compensar me la voy a pasar haciendo dibujos para vos con los los colores que me regalaste.

Le dije que quería muchos dibujos, todos los que pudiera hacer.

El lunes pasé a buscar la bolsa de juguetes y ropa que me preparó Mariana. Cuando llegué a casa, la abrí y vi que todos los juguetes estaban como nuevos, la ropita es muy linda también. Ayer, al levantarme, tuve ganas de llevarle un regalito a Luz antes de clasificar todo y elegir el destino de cada bolsa. Elegí una ranita de peluche preciosa, algo de ropa y zapatillas.

Envolví la ranita y me fui a trabajar.

Cuando la vi, a eso de las doce y media del mediodía, corrió a abrazarme como siempre. Le dije:

-Tengo un regalito para vos.

Ella no sonrió, se llevó las manos a los ojos, para que yo no viera que estaba empezando a llorar.

Nos fuimos a un aula vacía y le di el regalo. Lo abrió con sumo cuidado, mientras le corrían lágrimas pesadas por la cara hasta que caían en su pantalón descolorido, el mismo pantalón que usó todos los días del año.

Cuando vio su ranita, la abrazó fuerte y le dio un beso. Luego me abrazó a mí y me dijo:

-Seño, eres la más buena. Ya no tengo más ganas de llorar.

Nos abrazamos fuerte, tuve que contenerme para no llorar yo también. En ese momento entró Brian, su hermano que está en primer grado. La ropa le va perfecta, aunque antes pertenecía a un chiquito de tres años.

Brian le preguntó a su hermana por qué yo le había regalado la ranita de peluche.

Luz contestó: -Porque yo soy su princesita.

¿Cabe alguna duda de que tengo el mejor trabajo del mundo?

“Si no los quieren educar por caridad, al menos háganlo por miedo.” Domingo Sarmiento.

- “Noviembre y diciembre son los meses más peligrosos en esta zona”

Eso dijo un oficial de la bonaerense el viernes pasado en una de mis escuelas, un rato después de que a una alumna se la llevaran al hospital con un tiro en la pierna.

Y siento que es así. Estos días ando con miedo por las calles que antes transitaba tan tranquilamente, y ese miedo se debe a que, por primera vez en mi vida, me apuntaron con un arma durante tres interminables segundos.

El viernes salía de una escuela hacia la parada del 32 que me lleva a la siguiente, la cuarta escuela del día. Caminaba rápido porque no llegaba a tiempo, una vez en la parada, sólo dejé de leer el libro de Freire para mirar al hombre que pintaba la iglesia a pocos metros de distancia, al tipo de enfrente que tomaba mate en la reposera y a la adolescente que venía con su hijito caminando en la otra cuadra.

Unos segundos después, dos pibes me estaban robando.

No voy a contarles lo que me robaron ni lo que le dije a uno de ellos para que me apuntara con el arma. Lo que sé es que en ese momento sentí por primera vez en 25 años que podía morirme en ese instante. Luego de robarme se fueron caminando, cuando estuvieron a una distancia prudente, el pintor se acercó para preguntarme cómo estaba y me pidió disculpas por no intervenir.

“Los pibes son del barrio, ya los conocemos y sabemos que andan armados, por eso no me metí. Vos estabas muy entregada”, me dijo.

Y tenía razón. No los vi venir, me preocupaba más el libro y me tranquilizó el hecho de ver gente en la calle.

Me tomé el colectivo llorando, por unos minutos tuve pensamientos horribles sobre esos chicos. Fui doña Rosa por un rato, hasta que me bajé del bondi, llegué a la otra escuela y mis alumnitos me consolaron.

Ahí mismo, en la escuela de Budge, vimos que a tres metros de la reja unos pibes se estaban pasando armas. Según lo que escuché se iban a agarrar dos banditas esa misma noche.

No pude descansar mucho, tomé un poco de agua, charlé con las maestras que me consolaron y seguí mi rutina de siempre. Cuando se hizo la hora, partí a la última escuela del día, a eso de las seis de la tarde. Cuando llegué, me contaron que recién habían llevado a una alumna al hospital, le habían disparado desde un carro porque se resistió a entregar un celular, a media cuadra de la entrada de la escuela.

Yo ya no podía hablar. Di mi clase como pude hasta las nueve y media, cuando un profesor me llevó hasta mi casa. En el viaje habló de robos, muertes. Contó que estaba triste porque se enteró que para poner vidrios en una escuela del barrio, el presupuesto era de setenta mil pesos. Setenta mil. Imaginen una escuela precaria y chica.

Llegué a mi casa muda. Ni siquiera quise hablar por teléfono con nadie, ese día no tenía fuerzas ni para comer.

El lunes, tiroteo en el campito tomado, a dos cuadras de una de mis escuelas. Murió un hombre y otros resultaron heridos. Ayer nos pidieron que nos fuéramos de la escuela porque se estaba complicando la situación en Camino Negro.

Sandra me dijo: “Seño, andate. Si te matan a vos, ¿qué va a ser de nosotros?”

El viernes pasado recibí un mail del productor del programa No somos nadie, que conduce Juan Pablo Varsky en fm Aspen. Habían leído un post de este blog y querían hacerme una entrevista. No les avisé a mis lectores porque estaba muerta de vergüenza y tenía miedo de meter la pata con mi tos de pobre o de no parar de decir eeehhh, esteeeee. Los que me escucharon dijeron que hablé como ser humano, con eso me alcanzó.

Mucha gente me mandó mails ofreciendo ayuda, por eso, hablé con las docentes que más quiero y entre las tres pensamos en todo lo que nos hace falta. A saber:

Las escuelas donde trabajamos necesitan libros de todo tipo, radiograbadores, material didáctico, juegos de mesa, etc. También necesitamos fondos para ventiladores, vidrios y puertas. Yo no quiero recibir dinero, voy a hablar con el director de una de mis escuelas para que me dé una idea de cómo hacer para recibir ese tipo de donaciones.

Las familias de nuestros alumnos necesitan ropa, calzado y materiales para construir sus casas, pero no sólo eso; muchas cosas que pensamos que no van a servir, para ellos es muy útil. Estoy hablando de familias que no tienen sábanas, cubiertos, ollas, árboles de navidad, manteles, en fin; no tienen nada. Todo lo que puedan donar, si está en buen estado, va a ser de muchísima ayuda.

No quiero olvidarme de Miguel, parte de lo que se junte va a ser destinado a su familia.

También pueden ayudar a los chicos que viven en el barrio Libre Amanecer, esas familias están tratando de salir adelante pero les falta de todo, para saber un poco más, pueden pasar por el blog de mi compañero y amigo Juan.

Espero que cada uno de ustedes pueda ayudarnos con lo que pueda, el que quiera ir a visitar los barrios o asegurarse de que lo que donó llegó a la escuela, puede hacerlo. El que no pueda acercar su donación a la escuela o a mi casa (en Once), yo puedo ir a buscarla.

Ahora, pedido especial de las docentes: A nosotras nos encantaría poder darle a cada uno de nuestros alumnos un juguete para esta navidad. Porque sabemos cómo lo van a disfrutar y nos encanta verlos sonreír. Prometemos sacarles fotos y mandarlas por mail, les puedo asegurar que se van a sentir tan felices como nosotras cuando vean sus caritas. Pueden colaborar con todo tipo de juguetes, nuevos o usados (pero en buen estado).

Si nos ayudan, este año va a terminar mejor para muchos chicos que necesitan de todos nosotros. No nos olvidemos de ellos.

El viernes pasado corría de una escuela a la otra cuando llegué a la parada del colectivo y vi un perro manchado de sangre. Inmediatamente miré para otro lado, algunos dirán que soy mala, pero en los barrios donde trabajo se ven animales en mal estado todo el tiempo, no se puede ayudar a todos.

El colectivo no venía. Volví a mirar al perro, que estaba sentado y quietito y él a su vez me miró a mí. Ahí me di cuenta que tenía la cabeza abierta. Intuyo que le habían dado un machetazo justo arriba de los ojos, el tajo medía como quince centímetros. El perro me miraba y miraba al piso, las gotas de sangre corrían por su hocico. Yo estaba horrorizada. La herida era enorme, se podía ver el hueso. No sabía qué hacer, hasta que así de la nada vi a lo lejos a una compañera de trabajo, la llamé desesperada y vino corriendo. A ella también la superó la situación. El perro estaba tranquilo, intacto de no ser por esa herida horrible y profunda. Entramos a la ferretería y nos dijeron que lo habían encontrado así unas cuatro horas atrás. Que habían llamado al antirrábico de Lomas de Zamora pero que no se querían hacer cargo.

Preguntamos dónde había una veterinaria y nos fuimos, dejando al perro con una señora que se había acercado. Cuando llegamos, uno de los veterinarios estaba sentado tomando mate. Le contamos lo que pasaba y le pedimos que nos acompañara a ver al perro, que le pagábamos lo que pidiera si lo sacrificaba. Nos dijo que no, que teníamos que llevarlo hasta la veterinaria. Nosotras le explicamos que era imposible cargarlo en un remís, que nadie iba a querer subirlo a un auto y que incluso intentarlo podía ser peligroso para nosotras. No había caso. Le ofrecimos pagarle más, lo que él pidiera, y dijo que no. Indignadas, lo insultamos un poco y salimos. Mi amiga se fue a tomar un remís y yo, con toda la tristeza y el miedo que me había producido esa escena tan violenta, volví.

Cuando llegué el perro no estaba. Entré a la ferretería y el dueño me dijo que al ver que no volvíamos, la señora que habíamos dejado con el perro comenzó a acariciarlo. Como el perro se dejó, lo alzó y se lo llevó caminando a la veterinaria.

Yo me quedé atónita. Esa mujer había decidido cargar un perro grande y pesado en las condiciones en las que estaba unas cinco cuadras. Me sentí tranquila, por lo menos el perro había recibido ayuda. Ya estaba llegando tarde a la escuela, así que decidí tomarme el colectivo y no ir hasta la veterinaria a ver qué había pasado. Ahora me arrepiento de no haberle agradecido a esa mujer.

No iba a contar esta historia, pero esa mujer me recordó a mi amiga virtual Alejandra, que levantó un cachorrito muy lastimado de la calle y ahora, ya recuperado, necesita un hogar. Si alguno de ustedes conoce a alguien que lo quiera, contáctense conmigo a labonaerense@gmail.com

pepo antes

pepo antes

pepo ahora

pepo ahora

Este que pasó fue el cuarto lunes en la ESB de Barrio Olimpo. Quería conocer el barrio aunque me habían dicho que era peligroso; todos los barrios son peligrosos para los demás.

Para que entiendan lo que pasó el lunes pasado tengo que contarles con qué me encontré ese primer lunes en la ESB de Barrio Olimpo. Me bajé del 32 pasando la estación Turner, una parada después del arroyo. Pregunté a una vecina por dónde podía llegar a la escuela y me indicó que debía meterme por el mejorado unas siete cuadras para adentro. Casi no podía verla porque tenía los ojos entrcerrados; la tierra que vuela en Olimpo dificulta mantenerlos abiertos, aunque los que viven allí están acostumbrados. Seguí mi camino observando cada casa muy detenidamente; haciendo conjeturas e imaginando qué hace cada familia para subsistir, si los hijos trabajan, si van a la escuela. No tenía miedo, en general camino tranquila cuando uso guardapolvo.

Cuando llegué a la escuela la directora me saludó y me advirtió que mis alumnos de noveno eran un tanto particulares. Que cualquier inconveniente que tuviera en clase le avisara.

Pensé en mis peores alumnos de Fiorito y sonreí. Cuando entré me dí cuenta de que no sería tan fácil.

Dos de los alumnos que conozco (porque son los que llaman mi atención) viven abajo de un puente. El lunes pasado me contaron su historia. Dijeron que desde los 13 viven en una casilla improvisada en un lugar estratégico donde pueden asaltar camiones y colectivos. Usan baterías de camiones o autos para obtener electricidad y cuando ya no les sirven las venden como chatarra a 35 pesos cada una. Uno de ellos, Juan, me dijo que una chica lo estaba acusando de no hacerse cargo de su hijo, que ya tiene dos meses. Según mi alumno, la chica tuvo sexo con muchos otros y él no sabe si el bebé es su hijo o no, por tanto, se puede morir de hambre, no lo va a ayudar.

Tragué saliva y seguí escuchando. Ellos querían contarme su historia y sentí que debía dejarlos hablar sin interferir. Me contaron las técnicas que utilizan para robar y dijeron que cuando le roban a un boliviano no hay piedad: lo golpean siempre. La lucha por las tierras en Olimpo es tal que aviva las diferencias entre bolivianos y argentinos, se matan sin pensarlo dos veces.

Cuando parecía que ya habían contado todo, uno de los dos me dijo que el día más difícil de su vida había sido cinco años atras, cuando tenía doce y tuvo que matar a un policía.

Le pedí que me contara lo que había pasado y me dijo que estaba con unos amigos sentado al costado del asfalto cuando vieron que un patrullero les hacía luces. Cuando estuvo demasiado cerca tuvieron que actuar, estaban armados, no podían permitir que los agarraran así. Empezaron a disparar hasta que el policía ya no se movió más. Le pregunté qué sintió al verlo muerto y me dijo:

- Fue feo. Me acerqué y lo vi ahí todo sin vida. Me quedé duro unos segundos pero después empecé a correr. Ya sabía que me tenía que esconder un mes, por lo menos.

No supe cómo reaccionar. La situación me superó por completo, pero permanecí tranquila, como si me hubiesen contado una película. Mientras trabajaban yo pensaba en todos los comentarios que había oído acerca de Olimpo. Lo que había leído en los diaros.

Juan se acercó a mí y me preguntó si podía trabajar desde mi escritorio. Le dije que sí. Fue el primero que terminó los ejercicios. Es el mejor alumno en mi materia, no tiene errores.

Mientras le corregía vi las manchas en su piel, las manos lastimadas. le pregunté:

-Entonces yo también estoy en peligro acá en el barrio.

-No. A usted la podremos llegar a insultar, pero no le va a pasar nada, quédese tranquila.

El hermano de Romi está preso. Según lo que me contó su mamá, Romi tiene una relación especial con él; lo adora. Él, a su vez, atesora cada carta y dibujito que ella le manda, y espera ansioso sus visitas. Esta vez no podrá viajar a verlo, sólo viajará su mamá. No alcanzó la plata para los dos pasajes.

Romi me pidió que la ayudara a hacer un lindo sobre para guardar la carta que le escribió junto con varios dibujos que hizo para su hermano preferido.

PD: Mis fotos son las peores EVER. Eso es por ser pobre y tener una cámara de fotos de juguete.

¿Se acuerdan cuando les conté sobre el barrio Libre Amanecer? Bueno, ahora está todo mucho más tranquilo, el tema es que faltan recursos para seguir mejorando las condiciones de vida de las tantas familias que habitan el barrio.

Desde el blog de mi amigo Juan Cinza les paso esta entrada, les recomiendo que la lean y espero puedan colaborar, estos pibes hacen mucho por Libre Amanecer.

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